Hace años que conocí a José Ignacio Arrieta, pero eso es algo que no es importante, porque José Ignacio era de esas personas que parece que conocieras de toda la vida desde la primera vez que coincidías con él en cualquier evento o reunión de trabajo. En el ámbito profesional, tanto en Euskaltel como en Innobasque, compartí con él muchos momentos de trabajo y, lo que para mí es más valioso, sus certeras reflexiones. José Ignacio era excepcional, y lo era en todo lo que decía y hacía. Un profesional brillante, que protagonizó personalmente muchos de los hitos que en nuestra Euskadi han ocurrido. Y una persona inmensa, con una humanidad que
Son las líneas que nunca hubiera querido escribir, pero el “tránsito” de José Ignacio me obligan a ello. Son unas líneas, fundamentalmente, para quienes no le conocieron; a los que sí lo hicieron, les pido disculpas por las muchas carencias. José Ignacio Arrieta Heras fue, ante todo, una gran y buena persona. Allí por donde pasó, dejó huella y dejó amigos. No se si sus profundas convicciones, su férrea fe cristiana y su amplio humanismo fueron los pilares en los que cimentó su bondad. Sí, porque José Ignacio fue un hombre bueno. Y yo creo que lo era porque tenía la sensibilidad a flor de piel. Era benevolente porque creía en las personas,
