Acabamos de cerrar el último mes del verano. Y ahora, el otoño es momento de arranque de curso en empresas e instituciones. Momento de presentar nuevos proyectos para retomar el ritmo y que podrán tener su reflejo en los presupuestos para el próximo ejercicio, que se están ultimando estos días. Este año es, además, un momento propicio para hacer balances, en el ecuador de la legislatura vasca y a las puertas de un periodo electoral foral y municipal. Hay proyectos para hacer frente a la emergencia causada por la guerra en Ucrania y sus consecuencias, fundamentalmente energéticas e inflacionarias. Los hay en materia de infraestructuras de todo tipo. Y los hay también a más largo plazo y con una voluntad transformadora, buscando construir y trabajar en un modelo competitivo de bienestar sostenible para la siguiente generación. Todos ellos importantes y loables, en la medida en que se lleven a la práctica, algo que, en el caso vasco, suele ocurrir, demostrando que hay iniciativa, actividad y ganas de patronear el barco con criterio, incluso en aguas turbulentas. Algo de esto se quiso reconocer con la celebración del congreso de directivos que se acaba de celebrar en el BEC. Un reconocimiento al carácter innovador y emprendedor del empresariado vasco. Un colectivo que se reivindica como parte de la solución y que tiene la responsabilidad de saber acertar también en estos tiempos de incertidumbre.
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